Entrevista Kevin Román - Oración por el duelo

1. Antes de escribir esta novela, ¿había intentado escribir otra? ¿De qué trataba?

En el 2017 empecé una que se llamaba Una novela que nunca voy a terminar y el título se cumplió. El gran problema era que no trataba realmente de nada. Había una sección más ensayística o falso documental sobre Marilyn Manson y de ahí saltaba a episodios más random de mi vida sin ninguna conexión entre ellos. Creo que la abandoné porque no tenía realmente algo relevante que contar. Mi vida era muy tranquila en ese momento y aunque desde ya tenía en mente la idea de crear una obra autoficcional y fragmentaria me hacía falta un gran tema del cual escribir. Cuando me pasé a vivir a Heredia en 2021 sabía, no sé por qué, que ahí en ese apartamento iba a escribir finalmente mi primer libro. Jamás habría imaginado que sería Oración por el duelo, y que el gran tema que necesitaba para poder terminar una obra fuera uno tan hecho picha como la muerte de mi papá. La verdad cambiaría todo por no haber tenido nunca un tema del que escribir y que él siguiera aquí y tener ahorita un documento abierto de Una novela que nunca voy a terminar en el que tecleara un par de frases para luego cerrarlo y seguir viendo estupideces en el cel.


2. ¿Cuál fue el proceso de escritura? ¿Qué fue lo más difícil, qué lo ayudó a superar esos obstáculos?

El primer texto que escribí fue el que abre el libro. En ese momento no me había planteado que de ahí pudiera surgir una novela u obra más larga. Solo ocupaba sacar eso o escupirlo o vomitarlo o llorarlo o todas las anteriores. Salió una convocatoria de la Editorial de Costa Rica para un premio de novela en 2023, entonces en un pequeño momento de entusiasmo e inspiración comencé a escribir un par de textos más. De ahí salió “Constipación del llanto” que es parte de la novela  y otro de la primera sección que se llama “Nuestro último día”. Vi que no me iba a dar tiempo para mandarlo en la fecha límite del concurso, entonces dejé el proyecto tirado, pero luego a los meses, como en marzo o abril del 23, vi la convocatoria de un taller que iba a dar Feliz Feliz. Apliqué. Me aceptaron.  Comencé a llevar los textos que tenía hasta ese entonces, empecé a escribir y llevar más y ya en cuestión de un año más o menos tenía un grupo de textos suficientemente amplio como para poder sacar de ahí un libro.

El reto más grande fue darle forma. Al inicio tuve muchas ideas en mente. Una era hacer el libro en formato de autoayuda, pero paródico, bajo el nombre ¿Cómo superar la muerte de un familiar cercano por covid?, pero muy pronto abandoné esa idea porque no he leído libros de autoayuda y me daba  pereza  empezar a hacerlo solo para parodiarlos. También sentía que era irrespetuoso hacer una parodia de algo tan serio y doloroso para mí y mi familia. La segunda idea era que todo el libro siguiera la estructura de “Las últimas veces”, que es el primer capítulo o sección de Oración por el duelo. Pensaba construir el libro a partir de recuerdos de la última vez que hice algo con mi papá, pero la verdad era un ejercicio bastante agotador emocional y creativamente. Finalmente, decidí solo escribir lo que me iba saliendo y luego agrupar los textos por temas afines y así salió este collage o cadáver exquisito que estamos por presentar.

Lo más interesante o retador fue aceptar que no todo lo que uno escriba va a caber o servir en el libro. Que hay que cortar y eliminar partes y volarse textos enteros y eso está bien.

3. ¿En dónde posa su mirada como autor luego de escribir un libro de una experiencia tan específica y personal? ¿Ha cambiado algo?

Tengo en proceso otra obra que al igual que Oración por el duelo es  de corte autoficcional. Se llama Last.fm y si todo sale bien podría ver la luz con Patio Abierto. En ella le doy continuidad a esas vivencias de juventud y retomo el tema de la muerte del padre, pero desde la óptica de la música que he escuchado desde el 2011, según una aplicación que lleva el conteo. Ahorita estoy en la etapa final de este nuevo libro y siento que quiero ser un poco más reservado con algunas experiencias donde se menciona a terceros. He cambiado algunos nombres y apodos, porque en Oración por el duelo sí me mandé a jacha con eso y no sé si eventualmente podría meterme en broncas  (fijo no, pero tramado prevenido vale por dos). Luego de esta obra creo que cerraría una especie de trilogía autoficcional compuesta por estas dos novelitas y el poemario La juventud es una ofrenda (Editorial Tácna, 2024) que terminó siendo, por pura casualidad, mi libro debut. Necesito, definitivamente, darme un receso de esa sustancia dura llamada autoficción, varas xd, pero, bueno, tal vez aproveche esa pausa para escribir la tesis. Ya veremos.

También, a modo de reto personal quisiera empezar a escribir cuentos en tercera persona (y algunos en primera) sobre personajes totalmente ficticios que no tengan nada que ver conmigo, o al menos no de forma tan obvia. Hay historias y personajes que quiero  inventarme. Tengo las ideas como  libretas o notas del cel, pero tengo que sentarme a ver si me salen y si resulta algo más o menos decente de eso.


4. ¿Qué disfruta leer?

Textos sobre el duelo en este momento. El último que leí en esa línea fue un regalo de mi amiga Marce del taller Infinito. Es Mi libro enterrado de Mauro Libertella que trata también sobre la muerte del padre y ahí el narrador habla de eso mismo, de la forma en la que uno se obsesiona por leer ese corpus de la pérdida del padre o la pérdida general.

Además de eso, me gusta leer textos que me den ganas de escribir o replicarlos con eso que pretenciosamente llamaría “mi sello personal”. 



5. ¿Qué piensa del contexto literario nacional (histórico y actual)?

En el 2013, cuando estaba en la U, era compañero de Byron Salas en algunos cursos y una vez hablando de esto el mae me dijo una frase que se me quedó grabada: “Tenemos buena literatura, muy mala difusión”. Eso sería un gran resumen de esta pregunta.

Creo que Costa Rica tiene una buena tradición y obras de gran calidad, principalmente desde la Generación del 40. Obviamente hay obras que envejecen mejor que otras y algunas que responden a un contexto muy específico, por lo que posiblemente ahorita no nos digan nada. 

Hay quienes dicen que no existe una escena literaria, pero eso es mentira, porque siempre que se presenta un libro uno ve que llegan las mismas almas. Parece un episodio de Los Simpson cuando hay una actividad masiva y siempre asisten las mismas personas. Lo que siento es que la escena está dividida en bandos y hay mucho serrucho y gente deseosa de hacerle zancadillas al que más o menos recibe pelota. Basta con ver todo el desmadre y escarnio del que ha sido víctima la autora María Musgo por un aparente caso de plagio. Muchos se han guindado de esto para demostrar que lo único que les importa es cagarse en les otres.

Sin embargo, creo que todavía existen grupos bastante sanos en los que uno puede hacer comunidad. Pienso en el taller de Feliz Feliz, o en el Infinito de Patio Abierto, también el Joaquín Gutiérrez,  que funcionó en el pasado en la UCR. De todos he podido formar parte en distintos momentos y siento que cumplen esa función de promover la escritura y permitir la socialización de los textos. Por allá sé que otras personas bastante capacitadas y chivas como Alejandra Marín e Isabel Calvo están dando talleres en línea y eso me encanta, porque siempre voy a ser defensor de estos espacios y el papel que cumplen en el surgimiento de nuevas voces y obras valiosas.

Al final siento que es como el meme de dos maes que vienen en el bus y uno viene triste viendo la piedra por la ventana  y el otro feliz mientras observa el paisaje, creo que uno puede ahuevarse de ver lo podrida que está la escena en ciertos lados o puede tratar de ver el lado tuanis de esta si se vincula con gente correcta.



6. ¿Cuál es su background personal y profesional?

Soy de Desampa. Hijo único. Cuadro de honor en la escuela. Introvertido e invertebrado. Víctima de bullying en el cole.  Alcohólico no practicante. Católico funcional. Bachiller en Filología Española. Me separa una tesis de ser Máster en Literatura Latinoamericana. Para una gran parte de la gente que me sigue solo soy un shitposter tratando de jugar de escritor. 

Beyond Sherk de Andrés Murillo // Marzo, 2024

Del 9 al 24 de Marzo la exposición Beyond Sherk de Andrés Murillo va a estar en Sendero (Barrio Escalante). Esta muestra está compuesta de 3 salas y se presenta como una experiencia inmersiva, afín o análoga a Beyond Van Gogh. Este texto recopila una serie de impresiones provenientes del preludio a la visita (conversaciones por WA e intrigas de redes sociales), la visita (viernes 15 de marzo a las 6:30 pm), y la post (3 aguas tónicas en el Acapulco con amigues).

El trabajo de Andrés Murillo generalmente remite a la cultura del meme, una afirmación que a todos nos aludirá a algo específico y personal, pero que si nos detenemos en ello resulta una declaración bastante vaga y amplia. Entonces, ¿qué decimos cuando decimos que el trabajo de Andrés Murillo remite al meme? Para responder esto voy a tomar un desvío que me proteja, no de dañar mi relación con personas de mi medio artístico/social, sino de realizar afirmaciones vacuas y sobrantes.

El contexto actual del arte visual presenta una tensión entre la inutilidad del arte y la exclusividad del arte, ambos vectores que ubican al o la artista en una posición de gran confusión si las problemáticas coyunturales (ecológicas, democráticas, económicas) y algún tipo de consciencia social existen en elles. Con esto lo que quiero decir es que justificar nuestro trabajo artístico se ve interpelado por urgencias mayores, por lo menos desde el parámetro práctico, que la representación de universos interiores y el afán de tender puentes de conversación entre los mismos, del o la artista a les espectadores (y viceversa).

Hago esta introducción a mis perspectivas del contexto de creación, o por lo menos de exhibición, de les artistas para plantear por qué creo que el meme resulta un área de enfoque atractiva para algunas personas.

La cultura, palabra de amplio rango, nos une, lo queramos o no. Somos partícipes de un tejido que en algunas secciones es sumamente problemático y en otras denota una naturaleza fractal y virtuosa. Son nuestras fijaciones, nuestro balance mental, qué tan bien nos relacionamos con nuestros pensamientos intrusivos, lo que definirá nuestra posición respecto a si la cultura está en crisis o más bien se comporta estable y consistente. Somos depositados, surgimos o explotamos, en una cultura definida (global, regional, local, psicológica, velada o expuesta) sin nuestro consentimiento. Creo que esto aparece cada vez más en las crisis de identidad propias y de nuestros pares. Lo cual tiene sentido y me quiero comportar empático respecto a las experiencias de les demás, por que quién no se ha sentido perturbado por la historia de violencia de las naciones, por las desgracias constantes que provienen de la corrupción y la avaricia, por los abusos sistémicos a abuelas, madres, hermanas, hijas y nietas, por la exclusión de personas que divergen de ideas arbitrarias de homogeneidad, por la mano que borra e insiste en seguir borrando la memoria y presencia de los pueblos que nos preceden. Todo esto es parte de nuestra identidad, porque nuestra identidad también es tiempo y desprendernos del tiempo resulta una tarea en el mejor de los casos desmesuradamente ardua y en el peor abiertamente inútil.

Pero bueno, Juanjo, y el meme qué? Es cierto, ¿de qué forma la cultura, el meme, las pseudo crisis que guían este texto, se cruzan? Lo que señala mi criterio para responder esta pregunta es que existe una frustración cada vez menos compacta que rige la experiencia de todes. Desde multimillonarios a habitantes de la calle, desde gente de U privada a gente de U pública, desde saprissistas, manudos, heredianos, cartagineses (hasta de guanacasteca), de personas que piensan que la Cali es una mierda y de personas que van a la Cali. Hasta les hippies, los que considero true y los que son puro aestetic, sus compulsiones están regidas por la tensión de la frustración.

Genero este catálogo inacabado para plantear que cualquier disección de la sociedad que queramos hacer solo presentará dos bandos formalmente distintos pero que están atravesados por una frustración en común que se expande y va abarcando nuevas facetas. Sin miedo a errar podríamos denotar esto una manifestación del contexto económico, uno que ha perdido la satisfacción como concepto, donde la avaricia toma control de la dopamina y en su gesto monopolístico y miope pierde de perspectiva la razón por la cual actuar y ser. Esto le habla a la población más acomodada, cualquiera que no viva preocupada por dónde dormirá hoy o la próxima semana o en un mes. Pero aquellos que viven condiciones más hostiles (explotación laboral, carencia de oportunidades laborales, condiciones genéticas que impiden el desempeño laboral) también crecen en frustración, no solo de una vida digna y una cotidianidad agradable sino del brotar, prosperar, que es elemental de la condición humana. Con esto lo que quiero señalar es que vivimos tanto el agotamiento por la carencia económica como la tensión por la carencia de realización personal.

Es acá, en este último punto, donde la preocupación actual del arte manifiesta la conversación sobre el meme a la que apunto. Los símbolos, los conceptos, los sentidos, han sido vaciados, esto no es una idea ni nueva ni original. Los conceptos y sentidos hoy en día cumplen funciones solo a corto plazo, como las sustancias que usamos todos los días para anestesiarnos. No proveen material sustentable, sostenible, que aporte o invierta en ideas del futuro. Esta ruptura con la idea del progreso no es algo que yo desee rechazar, que nos deba generar arrepentimiento, pero sí debemos considerar que hemos dejado solo un cascarón de algo que fue urgente y nos acompañó por mucho tiempo. Algo que se perdió o que quizás murió al no continuar con su proceso de cambio. Solo lo muerto no cambia.

De ahí retomamos a la pregunta ¿por qué recurrir al meme? Nosotres, quienes los disfrutamos y elles, les que los crean. Porque al igual que los iPhones y las Jordans, casi nunca nos detenemos a pensar en quienes los manufacturan. ¿Qué nos intentan decir con los memes les hijes del internet? Yo opino que se aferran a la representacíón sin error, a la afirmación blindada, a una autoestima resguardada a través de la parodia, una mezcla entre cinismo performático y apatía crónica.

Me inclino por llamar esto un fenómeno reciente, de las últimas décadas, pero puede que me equivoque. Pienso que al verse la masculinidad y su fragilidad cada vez más acorralada, fuera de la caduca dictadura de la “razón” (una definición que cambia a conveniencia del patriarcado y las convenciones) la duda no logra entrar en vigencia y se mantiene como un tabú, así que el cinismo adolescente y la misantropía se vuelven el fertilizante de identidades y criterios de niños que nunca llegarán a crecer. Así son nuestros hermanos mayores, así algunos de nuestros padres. Restringidos, alienados, atados a criterios que no legitiman el no saber, el equivocarse, personas que cargan traumas violentos que no se sanarán, por no querer o no poder, que en su caso son lo mismo. Y si bien trazo todo desde la masculinidad, esta perspectiva se le ha insertado a todas las personas, hombres, mujeres y demás, todes han sido corrompidos en alguna medida por el virus de la razón sesgada, la razón a conveniencia de nuestro ego y prestigio social.

Es así como el humor de internet, la democracia anónima de lo viral, los espacios de reunión tanto abiertos como clandestinos, permiten que la población más vulnerable y alienada, donde azota la epidemia de soledad, esa que permea a los hombres jóvenes de toda clase, país y raza, expulse una nueva filosofía que no se nombra explicitamente pero que se basa en el rechazo disimulado de la fragilidad, de la vulnerabilidad, de la sinceridad, de la sensibilidad, de la femineidad. Esto es cultura del internet, no solo el meme que surge a la superficie colectiva donde flotamos tranquis, sino también la violencia reprimida y solo actuada desde la imaginación, desde los planos ideales, desde la farsa y la parodia.

Abordando la exposición en sí, en específico la tercer sala, la que se ajusta más a mi expectativa de la exposición, alineada con otros trabajos de Murillo que he visto y sobre los que he reflexionado. Pienso que es en la que encontramos el meme en su forma más convencional, solo que trasladada a un formato de arte legítimo. Es decir, pinturas de grandes y pequeños formatos, desplegando una técnica no necesariamente extraordinaria pero sí estudiada, trabajada y con talento y afinidad por el replicar, el mimetizar aspectos clave de la historia del arte. Murillo es talentoso y lleva su talento a una casa extraña y delirante de la que nos hace partícipes. Pero es quizás en lo que no está dicho, ni por el artista ni por las obras, lo que realmente me cautiva lo suficiente como para decidir insertarme en la conversación.

Esta tercera habitación es en cierta forma una muestra del avance logrado respecto al tipo de trabajo que Murillo ya venía haciendo, donde su ojo ya no solo se deposita en lo extraño y aberrante, sino que intenta jugar con ello, buscando en los detalles inusitados de la cultura visual contemporánea un vacío estético que rellenará, o hará el amago de rellenarlo, a través de los códigos de la historia del arte y la estética contemporánea de los museos y las exposiciones. Es en esta dinámica entre referencia artística y fast food visual donde yace su discurso, pero más que eso es donde decide acampar y desplegar meses (o quizás años) de su tiempo a ver qué figuras, qué seres emergen para acompañarlo. Seres que él sacará de ese territorio mental y traerá de vuelta a la realidad compartida con nosotres. Una maldición inversa a la del arte añejo, habituado y masivo de propuestas como Beyond Van Gogh, como él critica en la primera sala de la exposición. Ésta, la más pequeña pero que da nombre a la exposición, es un poco disonante conceptualmente, o en mi perspectiva tiñe excesivamente a la propuesta. Acá lo que vemos no es un rechazo al pintor en sí, sino a la cultura compuesta de personas que le dan el soporte a experiencias artísticas comerciales. No es de mi interés rechazar la crítica que el artista desea plantear, pero sí me parece que tiende a caer en una tendencia superficial y generalizadora, e incluso abiertamente contradictoria, el plantear que el arte como experiencia masiva es en alguna medida menos sincera que los espacios under y deslucidos que usualmente frecuentamos para tener acceso a arte emergente.

De esta manera ya abordé el primer y tercer espacio de la exposición. El segundo pone sobre la mesa un aspecto que resultó o puede resultar un poco más problemático y en grandes rasgos lo que motiva que este texto exista, ya que fue un espacio que afectó sensibilidades, algunas fáciles de comprender y con las cuales empatizar y otras que se entregaron directamente a procesos cancelatorios y policiales. Nuevamente, no es mi lugar juzgar la validez o legitimidad de dichas críticas, mi interés acá es ver la exposición y sus obras como elemento cultural de un zeitgeist mundial y un patrón psicoemocional que es compartido, lo queramos o no.

La violencia como elemento narrativo es prácticamente inherente tanto a los videojuegos como a la poesía épica antigua, es decir existe en toda la tradición narrativa. Generalmente esta surge como parte de un conflicto, ya sea su detonante o su resultado, pero en el caso de lo presentado o sugerido a través del cortometraje animado que inspira a la segunda habitación, la violencia es un concepto humorístico y de voyeurismo semiótico. Explicar el lugar de la violencia en nuestro contexto actual o en la historia de la cultura humana requeriría mucho más tiempo, estudio y espacio del que creo que corresponde a este texto, así que haré un salto a lo que quiero plantear. La violencia dentro de las juventudes masculinas es una gran pregunta ya que es socialmente condenada a la vez que resulta estimulada y propiciada por la mayoría de espacios en los que se convive. La resolución no violenta de conflictos es sumamente escasa en los procesos formativos y pedagógicos, ya sea desde el hogar, la educación formal, las relaciones interpersonales o de pareja. Ya que la violencia es a la vez normalizada como cuestionada, la deconstrucción lógica de la misma no es satisfactoria, haciéndolo esto un elemento más de frustración o sumamente afín a la misma. Creo que hay una lectura existencial también a la hora de ver cómo la violencia rige tantos elementos de la experiencia humana a la vez que intentamos erradicarla, discursiva o simbólicamente. En este aspecto creo que la juventud en su afán de rebelión reinterpreta la misma y la lleva a un lugar humorístico, satírico, que permita procesar desde un espacio controlado o de menor vulnerabilidad.

La violación por décadas ha sido parte de la jerga e imaginario de la competencia entre hombres y cómo ésta es reinterpretada en la era de la postverdad resulta algo que deberíamos detenernos un poco más. Aspectos tan radicalmente dañinos y problemáticos no pueden ser abordados desde la apatía, ni subestimados por aquelles que hemos vivido alejados de experiencias de vida así de violentas. Esto más que un llamado moral a la forma de hacer arte, es una solicitud de una pausa a la hora de ser médiums del zeitgeist de nuestros tiempos, un poco más de contemplación y deconstrucción de la diferencia que yace en nuestra sensibilidad y la de les demás. No sé qué se puede ganar de ello, pero creo que lo que se pierda sería muy poco.

No sé si está de más señalar que el concenso de un chiquito de 9 años a tener sexo no es válido, como se presenta en la animación (originaria de un copy pasta surgido en 4chan hace 15 años). Y creo que reducir a que tan solo es un chiste, no es tampoco satisfactorio como explicación de su vigencia o lugar en nuestra sociedad, nuestra psique o nuestra convivencia con sensibilidades no forjadas en el fuego del vivir crónicamente en línea. Igualmente no me parece acertado reducir el tema de trabajo de Andrés Murillo a una fantasía de violación caricaturezca y extraña, procedente de un rincón desterrado del internet. Es deshonesto y malintencionado no percibir que el acercamiento de Andrés Murillo es otro, uno que quizás tiene más que ver con la antiestética proveniente de la animación digital emergente y el trabajo con herramientas virtuales por parte de personas no entrenadas o abiertamente desinteresadas de formar parte de cánones visuales dominados y propagados por Pixar y afines.

Creo que en este espacio, procedente de esta animación (y copypasta) había mucho que desempacar y conversar, pero ni Murillo discurre al respecto ni sus “detractores” se toman la conversación con importancia más allá que un velado o expuesto llamado a la cancelación y el rechazo. Creo que es una oportunidad que se pierde de establecer algún puente entre experiencia y conocimiento, algo que siempre es muy rico de ver manifiesto en una sociedad cada vez más aislada y determinada por contenido generado anónimamente, esto desde el sentido en el que no sabemos prácticamente nada de quien produce el contenido que consumimos a través de algoritmos y el deambular en redes.

Pienso también que el rato que he disfrutado de escribir este texto, las reflexiones que me forzó a definir y las posibles futuras conversaciones con compas y desconocides que puedan ocurrir sí son gracias a la reflexión incompleta de Andrés Murillo y a los posteos iracundos y violentos en redes sociales de sus posibles detractores, así que les agradezco por ser parte de lo que compone el gran rango de lo que somos, algo que percibo sin bandos, más como un espectro diverso pero no divorciado, conectado de una manera más personal e importante que lo que muchas veces queramos reconocer.

Acá al final dejo también la anotación de las dos piezas que más me estimularon, “La Shrekita” en colaboración con la ceramista Mariangel Cole y la “Vasija Sherotega”, en colaboración con les artesanos Betty Carrillo y Roger Chavarría. Ambos productos colaborativos que renuevan por un lado la conversación respecto a iconografía y por el otro, una reconceptualización del trabajo en artesanía nacional, que en mi caso en específico remiten nostálgicamente a visitas de infancia a la zona de Guaitil en Guanacaste.

Texto por Juanjo Muñoz Knudsen

"Reseña" de Boceto de cuerpo entero

escrito por Juanjo Muñoz Knudsen
ilustraciones por
Ariel Bertarioni

Acabo de comenzar la segunda lectura del libro de poesía Boceto de cuerpo entero, de Melissa Valverde, publicado por Abecedaria Editoras en el 2022. Lo releo a menos de un mes de la primera lectura, porque quiero hacer algunas anotaciones y condensar mejor las impresiones que me generó en primera instancia. Contrasto su relectura con otros dos libros que durante las mañanas leo, uno es una colección de ensayos sobre el sonido, escrito por Yan Jun, un músico y poeta chino, parte de la Generación Dakou, la escena o subcultura que reparaba cassetes y discos desechados por norteamérica que durante los 80s y los 90s arribaron en China con daños intencionales para imposibilitar su reventa (en esto no fueron exitosos ya que se desarrolló todo un mercado underground para este tipo de productos). Además de esto, estoy leyendo un libro sobre hechizos, meditación, y las perspectivas de personas neurodivergentes que quieran sumarse a la práctica de brujería o “low/folk” magick. Son días en los que despierto junto a mi gato Ninja sin tener claro por qué leo lo que leo, qué se va sedimentando de ello o para qué. Lo anárquico de mis lecturas me permite no entrar en rutinas, hace unos meses leía a los cuentistas polacos más importantes del siglo XX por las mañanas y por las noches un libro muy interesante (que pienso ahora que debería releer) sobre el desarrollo del cerebro, el auge del hemisferio izquierdo y la opresión que surgió en las sociedades a medida que aparecía en su cultura un alfabeto. Pero bueno, esta antesala a lo que quiero decir no es más que presentar mis credenciales como lector comprometido, no con la literatura, sino con los libros y la voluntad de quienes los escriben. Puede que esto último sea un tanto engañoso, ya que quienes existen cerca de mí saben que hay mucho de lo que me quejo respecto a la creación literaria y el mercado editorial, en especial en un país como Costa Rica sin cultura de crítica literaria y que de la poca que ha habido siempre me ha parecido una especie de caja de resonancia de todo lo que rechazo.

Antes de seguir mal enviajando con mis dudas y frustraciones respecto a lo incompartible del hábito de la lectura, transformando frustraciones innombrables en críticas que parecen excusas que parecen críticas, voy a saltar de una al por qué escribo esto sobre un poemario el cual probablemente no habría leído si no hubiera intercambiado un par de palabras con la autora afuera de la feria de libros Patio Abierto. Un intercambio menor, yo todavía fumaba y estaba afuera de la casa donde se realiza la feria, Melissa había salido a recibir o enviar un paquete, notó mi camiseta ilustrada por una amiga en común y franqueó el espejismo atómico de mi timidez. Dos ediciones más de Patio Abierto y un texto publicado en Samoa tuvieron que pasar para adquirir el libro. Con esto lo que digo es que les autores, les editores, vivimos una situación realmente difícil de hacer llegar las obras a aquelles que han de apreciarlas, pero bueno, eso es tema para otro texto.

Hablemos de palabras importantes, que nos aguardan sutilmente, que por su ausencia en la literatura universal han acumulado suficiente poder como para desestabilizar contundentemente, una palabra como Vainica. Me es igual de difícil explicarle a Ninja por qué es tan importante el uso de esta palabra en un poema, que explicarle que la cuarta marcha de un carro va después de la tercera, pero eso no cambia nada, no hace menos luminosa la experiencia de que ese poema exista, de que esa palabra aparezca en ese punto del texto. No sé si fue intencional que ese sea el primer poema del libro, pero durante diciembre estuve revisitando discos importantes de cuando tenía 19 años y me enamoraba por primera vez. Así es diciembre para mí, un viaje en el tiempo a mis primeros años de la U, pero suave, antes de verme absorbido y distraído por el rememorar la experiencia de rememorar, explico lo que quería decir: las primeras notas de la primer canción de Unknown Pleasures de Joy Division me hablan de un tipo de organización lineal, previo a la fragmentación de nuestra capacidad de atención, así que la palabra Vainica son las sílabas que dan pie a la manifestación original de lo que este libro propone. O bueno, tal vez no, tal vez solo sea que el papel, incluso el digital, aguanta lo que uno le ponga y en este momento lo que estoy decidiendo ponerle es un puente entre la experiencia alentadora de la novedad a mis 19 años y lo revitalizador que cierto uso del lenguaje puede ser para mí luego de más de 8 años de editar literatura nacional. Quiero dejar como nota acá que el verdadero halago que deseo dar del libro no yace en mi apreciación por su lenguaje, Melissa, sino en la voluntad que me transmite a jugar con las palabras y las ideas a la hora de hablar de Boceto de cuerpo entero.

Decir algo puntual sobre un libro que estoy disfrutando me resulta difícil, ya que la atmósfera que me termina cubriendo me es una experiencia más grata que la comunicación pseudo-académica de las ideas alrededor de la poesía y sus partes. Me resulta más atractivo vibrar en la frecuencia de la inspiración literaria que experimentó Melissa y que intuimos todes aquelles que leen la obra (y que percibo al ver reflejada mi propia crianza en sus palabras). Como leer un meme sensible, como sentir la cola de un perrito que se emociona y que suave e involuntariamente toca nuestro pie, emociones de bajo impacto que abrigan la vida de sus puntos dramáticos, altos o bajos. Eso creo que es la inspiración, una degustación grata de los espacios simples, menores y, también, comunes (en sentido de que son compartidos con otres).

Veo que sigo sin decir mucho de lo que permita clasificar esto como una reseña del libro de Melissa Valverde, el otro día lo hice muy bien, estaba con Juli, Kamil y mi hermana, creo que Ashley también estaba. Era una celebración por que era diciembre, una fiesta en el patio de mi casa. Yo les decía que había leído un poemario que me sorprendió, que eso ya no me pasa, que los poemas a veces alcanzaban puntos altos, que el lenguaje se sentía auténtico y que eso es una gran carencia en el contexto nacional. No pude decir mucho más, necesitaba tener el poemario a mano para enseñarles detalles, pero estábamos en el patio y yo tenía que ir a hacer un gin tonic o tenía que ir a abrirle a alguien que me acababa de textear, que estaba afuera.

Entonces hagamos como que ustedes son Juli o Kamil o mi hermana o incluso Ashley, que creo que también estaba. Y cuando digo que el poemario aborda aspectos del embarazo o del vínculo de las mujeres con ello, un vínculo que muestra una experiencia amplísima, de muchas capas, tanto sutiles como agresivas, les enseño estas frases “Tuve una pesadilla / té de ruda / me susurraron unas señoras” - “Cargo seres que no son […] callo ante mi misma. / Recuerdo / solo soy un canal”.

Ser hombre y editar mujeres es una experiencia muy enriquecedora. Desde hace años leo de cerca el trabajo de Melina Valdelomar, una escritora que admiro un montón. Más recientemente observo de cerca la intimidad literaria de Món Morales. Ese espacio que conecta a una con la otra también está siendo habitado por Melissa Valverde, pero desde su propio lugar, desde la lucha que es entender misterios durante nuestros 20s, desde su infancia que a veces intuyo más rural que la de Melina o Mon, algo que atesoro y remite a mis propios veranos en Liberia y a las mujeres que me han criado y guiado. Eso último no dice nada si no se han leído sus poemas, o lo que dicen no hará más que desorientarnos, pero lo podría mencionar así: La herencia de las mujeres, que es sorprendente que se haya vuelto este misterio cuando en realidad es la forma original de dicha transferencia. Lo que recibimos de nuestres antepasades siempre ha estado mediado por una mujer, ya sea a la hora de nacer o que en las formas originales de nuestra organización social la paternidad no existía ya que el embarazo y el dar a luz eran una experiencia tan enigmática como mágica, que se observaba desde el silencio de la razón metódica y estéril y que solo tiene que ver con la mujer y su cuerpo del cual salimos, ese portal. ¿Cómo fue que perdimos eso? Son miles de años que habría que desanudar para poder responder esa pregunta, pero creo que en el trabajo de Melissa y Món y Melina y tantas otras autoras que topan con esa misma pregunta y crean esculturas, monumentos a esa duda, a esa certeza de la carencia que aqueja al mundo desencantado, el de la misoginia como orden lógico de acción.

La historia de todas las mujeres que ella es y reconoce, no hacen desaparecer la individualidad que genera la autenticidad en su poesía, más bien de alguna forma ese contraste lo fortalece, como la frase de Niels Böhr, que ha de provenir del budismo Zen, que dice que lo opuesto a una afirmación correcta es una afirmación errada, pero lo opuesto a una verdad profunda puede bien ser otra verdad profunda.



“En sus trenzas yacía la terquedad

de quien se casa a escondidas con un indiferente”

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“La basura de la mudanza
son mis diarios de sueños.
Ya no quiero conservarlos”


Ojo qué buenas esas líneas, Juli o Kamil o Ali o Ashley.

 

Abejón es de mayo

La casa productora eslash plataforma de nuevos talentos costarricense Multiespecies tendrá un showcase de su trabajo y del de sus colaboradores este sábado a partir de las 8 pm.

Abejón es de mayo es una propuesta interdisciplinaria e interdimensional, un punto de conecte de personas entre sí y con la sutil frontera entre el chivo y la fiesta. El evento reunirá trabajo audiovisual, musical y de iluminación atmosférica eslash ambientación (2do eslash [contador de eslashes que nadie pidió]).

Multiespecies busca integrar a la comunidad creativa nacional a nuevas propuestas de artistas y a sutiles referencias ecológicas que cada vez se entrecruzan más con los procesos de socialización.

Para este evento, el primero de una agenda diversa que trae Multiespecies para el 2022, se contará con un set acústico de MFLA desde una casa en el árbol, DJ set de Sonorae y DJ set de Amado (ambas propuestas de música electrónica que hacen olas en el ritmo cardiaco de los eventos noctámbulos, consideramos que será una serenata a las vibraciones mudas del trance).

Multiespecies es un proyecto dirigido por Jorge Salazar (Almohadita en Instagram), quien es arquitecto, productor cultural, músico, entre otras cosas igual de cálidas y admirables. Para esta nueva etapa del proyecto, cuenta con el apoyo de Anastasia Molina (comunicadora, artista musical) y Josué Garro (diseñador, artista visual), las manos derecha e izquierda del equipo. Pero Multiespecies en su consecuencia al retratar la convivencia ecológica que forma parte de cualquier dinámica viva integra numeroses colaboradores de otros proyectos y disciplinas.

Quizás por la influencia de Mercurio Retrógrado que inició el pasado martes 10 de mayo o el influjo del eclipse lunar del lunes 16 de mayo tendremos esa noche una confluencia energética que será bueno recibir agarradites de las manos.

A continuación una pequeña muestra del trabajo de los proyectos musicales que estarán ajustando las vibras del evento, como afinadores de un instrumento muy complejo, lleno de válvulas, electricidad y un espíritu caprichoso.

Todo bien? 3.0

 

Volvemos con la tercera entrega de Todo bien? - un intercambio interplanetario de fotógrafes jóvenes. Esta vez Mónica y Jos, entre El Salvador y México se cuentan un poco de sus cotidianidades a través de fotos. Al final de la página pueden encontrar el enlace a la publicación digital que hicimos con el material de su intercambio :))

Yos

 

La Publicación digital
que realizamos con el material de la correspondencia,
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EL ZEPELÍN SILENCIOSO ( iii. LZ 129 Hindenburg)

“El zepelín silencioso” aparece como capítulo XVI en la novela Salvapantallas, una novela armada con esquirlas de textos varios algunos escritos para la novela, otros escritos, digamos, premonitoriamente. El título es de un poema de Alexánder Obando (1958 -2020) y es él quien galvaniza los tres fragmentos que se publicaron por separado y en diferentes blogs en 2010.

XVI / EL ZEPELÍN SILENCIOSO

por Luis Chaves

iii. LZ 129 Hindenburg

El Hindenburg (nombre completo, LZ 129 Hindenburg) fue una de las dos aeronaves más grandes que se han construido en la historia. Era más largo que tres Jumbo jets. Un día de mayo de 1937, después de haber cruzado el Atlántico y a punto de aterrizar en Lakehurst, Nueva Jersey, una chispa de electricidad estática causó la ignición y combustión completa del dirigible en menos de 40 segundos. Hay registro cinematográfico de la tragedia en la que se ve a la enorme aeronave acercarse lentamente a tierra, ante la mirada de buena cantidad de público y prensa y, de pronto, el incendio en el aire y el desplome infernal entre gritos, estampidas y luego silencio. En el descampado donde iba a aterrizar aquella especie de nube de duraluminio quedó solo la estructura metálica retorcida, el esqueleto de un animal del Cretáceo.

Del incendio del Hindenburg queda un registro radiofónico que pasó la historia de forma inmediata. De hecho, la famosa adaptación a la radio que hizo Orson Welles apenas un año después (1938) de La guerra de los mundos (novela de H.G. Wells) se basó en la narración desesperada de Herbert Morrison sobre el siniestro del último zepelín tripulado.

***

Habían pasado diez meses desde la última vez que nos vimos. Era el final de agosto y escapábamos del sol asesino que nos castigaba en el cementerio donde familia, allegados, amigos y enemigos-de-pronto-amigos enterraban a Felipe. También escapábamos de ese ritual que nada tenía que ver con nosotros.

A la salida del cementerio o la entrada depende desde dónde se cuente, había una mesita con impresos sobre los precios de diversos tamaños de terrenos. Bromeamos con comprar uno de esos lotes entre varios de nosotros y usarlo como micro quinta para paseos de fin de semana, picnics, carnitas, etc. Pero el chiste duró poco. El carro que habíamos parqueado debajo de ninguna sombra era un baño sauna al que entramos puteando al día y a Dios pero sobre todo a Cartago, su clima y, ya con impulso, a sus habitantes.

En el carro íbamos tres: Álex Obando, Mariajo y yo. Desde que se conocieron, Alexánder le dice, como nadie más en el mundo, Marijó. Ella le dice Obando. Llegamos al portón de madera —pino subido de nivel con tinte oscuro—, entramos y parqueamos medio a la par medio debajo de una veranera. En una mesa en la terraza del restaurante nos esperaban otros desertores del entierro. Estaban Osvaldo Sauma y María Montero, Carlos Aguilar, Roberto Echeverría, César Maurel, Rudy, Luisfer y su esposa Lucía. Si pensara en el lector tendría que explicar quiénes son, pero estos nombres los digo para mí mismo, un poco como mantra. No, más bien como una forma de oración, una plegaria atea, secular. Una plegaria que no pide nada.

Ya sentados bajo sombra y rodeados por jardines, el sol dejó de parecer un adversario. Servimos vino en vasos de fresco, brindamos, conversamos con un ojo recorriendo el menú. Fue un almuerzo extendido, fluido, sin silencios incómodos. Era plena tarde de un día de semana y nadie parecía tener compromisos de trabajo, ni hijos ni horarios. En algún momento pensé que a un par de kilómetros acababan de depositar bajo tierra, ladrillos y cemento al mayor admirador de Álex, a su mejor intérprete. Pero por una vez supe callarme. Talvez inmediatamente después de esa concesión al dramatismo fue que supe con toda claridad que iba a escribir sobre Alexánder Obando. La certeza llegó no como un haz de luz ni nada por el estilo, más bien como un golpe de objeto contundente en la cabeza.

No sabía bien qué iba a contar ni cómo, eso vino después. Solamente supe que, en eso que aún no existía como texto, había algo que traspasaba como un perno de ballesta al protagonista, los personajes secundarios y los extras, algo que los atravesaba y seguía y llegaba más allá, más lejos, donde no alcanzaba la vista ni el pensamiento de ninguno. Una ballesta cuyo proyectil perforara el tiempo y llegara a un día de mayo de 1937 y estallara al dirigible que se desplomaba en llamas en un descampado de Lakehurst, Nueva Jersey.

Ilustración por Ariel Bertarioni

Ilustración por Ariel Bertarioni

Por un momento me llamo Herbert Morrison, el narrador radiofónico, y tengo el insólito destino de volver a contar lo mismo en otra época, lo mismo pero diferente. Lo mismo pero mejor porque esta vez la muerte es sólo un efecto literario. Alexander Obando había escrito dos libros sísmicos, en unos meses abandonaría el país de forma definitiva, en unos años será alcanzado por la ceguera que viene acortando distancia desde su juventud y eventualmente cerrará el paréntesis de fechas que todos cerramos. Esta mañana, sin embargo, vamos a corregir un par de cosas.

Suena el metal contra el vidrio de los almuerzos, suena el caudal del vino vertido en un vaso. Los demás seguimos conversando, la línea de la sombra cubre ya los carros. En este instante mismo, Álex se levanta de la mesa y va al baño a lavarse.

PARTE I