EL ZEPELÍN SILENCIOSO ( ii. Otro año malo)

“El zepelín silencioso” aparece como capítulo XVI en la novela Salvapantallas, una novela armada con esquirlas de textos varios algunos escritos para la novela, otros escritos, digamos, premonitoriamente. El título es de un poema de Alexánder Obando (1958 -2020) y es él quien galvaniza los tres fragmentos que se publicaron por separado y en diferentes blogs en 2010.

XVI / EL ZEPELÍN SILENCIOSO

por Luis Chaves

ii. Otro año malo


El 2008 fue un mal año. Aunque no lo parecía. No sugería ir más allá de las calamidades habituales de un año promedio. Sin embargo, visto a la distancia había sido un año de pequeñas catástrofes que, aparentemente aisladas y repartidas a lo largo de 365 días, estaban unidas por elementos comunes. Y algo todavía peor, por los elementos mismos que hicieron buenos a los meses buenos. Esto tendría que explicarlo mejor pero no sé cómo.

Por varios meses nos reunimos las noches de jueves en Barrio Escalante. En una casa esquinera de madera gris, frente a la ferrovía. La casa temblaba cada vez que pasaba el tren. Pero de una forma rara: por sectores autónomos, como se secan los perros. Estábamos distribuidos en los sillones de la sala y primero se sentía la vibración del piso en las plantas de los pies, algo leve, un hormigueo como de batería de nueve voltios (las cuadradas). Luego crujían las paredes con el sonido de envoltura de un confite gigante. Por último, el cielo raso y el techo se sacudían con una contundencia que se apagaba casi inmediatamente, como la estela de canción que deja un carro al pasar. Todo esto sucedía en ocho o diez segundos a lo sumo.

Cuando se llenaba el estadio, éramos diez personas pero en general la convocatoria de los jueves se detenía en seis o siete. Nos reuníamos con la excusa de un taller literario, yo era el coordinador. Las cosas que hace uno para salir de la casa y tomarse unas birras. Los talleres literarios son semejantes a los grupos de fútbol cinco o los cine foros, cosas que hace la gente después de su día de trabajo si le queda energía. Es una actividad inútil en la que unos pretenden aprender algo que nadie les puede enseñar. Quizás por eso nunca pagan. Nadie me forzó a abrir el taller. Pero a cerrarlo me iba a obligar, hacia el final del 2008, el motor diésel de la autoestima, nombre políticamente correcto del instinto de supervivencia.

La tarde del 20 de noviembre llegué, después de varias vueltas por un barrio que parecía una banda de Moebius, a recoger al escritor Alexánder Obando. Había aceptado acompañarnos como invitado especial al taller. Con dos novelas publicadas, Álex ya era el novelista de culto en el microcosmos de la literatura tica. La gente del taller estaba ansiosa por conocerlo y la invitación que se había postergado varias veces por fin se iba a concretar. Pasé por él a su casa en Tibás, accediendo a sus condiciones previas: —yo voy con todo gusto pero necesito transporte Tibás-taller-Tibás. —Le juré que yo mismo me encargaría de pasar por él y de depositarlo en su casa después de la lectura. Una vez montado, no sin dificultad por sus dimensiones y el hándicap de problemas de espalda, en el carro pidió algo más: —Es indispensable llevar Coca Cola. Ojalá light —pausa larga— dos litros. —Álex tenía tiempo de haber dejado el alcohol pero su sed, no quedaba duda, era de orden metafísico. En la primera pulpe cumplí, yo respeto la ansiedad del prójimo. De hecho, la mía la había resuelto un cuarto de hora antes en una transacción expedita carro-a-carro detrás de la iglesia de San Juan del Murciélago.

Ilustración por Ariel Bertarioni

Ilustración por Ariel Bertarioni

Desde el 99 no lo había vuelto a ver. Había leído sus novelas abrasivas, su blog, habíamos cruzado unos cuantos mails, pero ningún encuentro físico. De modo que cuando lo vi encanecido, más gordo y más neurótico lo disimulé con elegancia comentándole ¡mae, estás más canoso, más gordo y más neurótico que hace diez años! Claro que yo sufría el mismo deterioro, pero disparé primero.

Camino a Escalante nos tocó detenernos mientras cruzaba el tren. Ya oscurecía y los vagones, iluminados desde adentro, eran habitaciones en las que se reunía la familia de una casa rodante. En la cabina de un Renault prestado, haciendo el alto en silencio, viéndolos desde afuera, Álex y yo fuimos por breves segundos los hijos malogrados de aquella familia imaginaria. Pasó el tren, metí primera y atravesamos los rieles con dos rebotes secos que batieron los litros de gaseosa que Obando cargaba en brazos como un bebé. De ser una canción de Radiohead pasamos a protagonizar una de Wisin y Yandel.

Tipo 7:30 llegamos a la casa donde sí nos esperaban. Se había superado el récord de convocatoria, la noticia de que Alexánder Obando iba a leer en el taller reunió a más de quince personas en la sala. Eso, en un grupo de borders que se junta para comentar poemas, es estadio lleno a reventar. Caras nuevas y caras conocidas y entre ellas, en primera fila de la comitiva de recepción, estaba Felipe Granados. Un escritor del calibre y talla de Álex. De la talla literaria, se entiende. Feli era el fan número uno de su obra, se la sabía casi de memoria, la citaba constantemente y estaba convencido de que con El más violento paraíso, la primera novela de Obando, se había pasado página en la historia de la literatura costarricense. Eso es más o menos lo que opinaba Felipe.

Ya dije que el 2008 fue un mal año. Dije también que no parecía serlo. Después algo sobre los elementos comunes de las pequeñas catástrofes y de cómo esos elementos fueron los mismos de los meses buenos. Y no supe explicarlo bien. Tampoco ahora. Pero tengo algo para agregar a la confusión: esto que sigue no sé siquiera a qué parte del año pertenece, si a la buena o la mala.

Después de saludar y conversar un poco con la audiencia, Obando leyó algunos textos que todos escuchamos con gran atención en un semicírculo improvisado con un sofá, sillas y almohadones en el piso. Debajo de la voz de Álex se oía cada tanto la campana diminuta de un hielo contra el vaso, la detonación gaseosa de una lata de cerveza, alguien fumaba tabaco negro, otra no podía detener el resorte de su pierna. Hasta que Felipe, aprovechando una pausa del invitado estelar, pidió permiso para leer el pasaje de un capítulo que él consideraba especialmente hermoso de la novela. Capítulo 62, “El minotauro”. En la edición de la editorial Perro Azul ese capítulo se extiende de la página 445 a la 464. En la edición del sello Lanzallamas va de la 499 a la 520. Felipe usó la de Perro Azul, aún no existía la otra.

Álex estaba sentado en un sofá reclinable, una especie de asiento de primera clase de aerolínea de los 70, Pan Am por ejemplo. Felipe se había incorporado en el sofá en el que estuvo hundido mientras Obando leía. Ahora apoyaba apenas las nalgas en el borde, la espalda erguida, el libro abierto entre sus manos y empezaba a leer. Le costó el inicio por la emoción pero línea tras línea se fue adueñando de la lectura. Y de la sala. El capítulo 62 empezaba a tomar la forma de un zepelín silencioso suspendido sobre nosotros. La historia de Álex se había convertido en la voz de Felipe, su mayor admirador. Feli avanzaba con fluidez y con acentos precisos, daba la impresión de que entendía algo que Obando desconocía de su propio texto. Por unos minutos Feli, con su dentadura dañada, sus dedos amarillos, su anti-contextura, fue el intérprete, el decodificador del cerebro de Álex. Una emulsión inflamable y balsámica por partes iguales. Supongo que para entonces los demás escuchábamos inmóviles en nuestros lugares, los signos vitales al mínimo, con los ojos abiertos de esa forma que se diría que están cerrados.

Nunca supe cuántas páginas leyó, pero sé que cualquier lugar donde uno mirara era un punto fijo. Sé que aquello que se leía en voz alta era la combinación de ambos: uno lo había escrito, otro lo había entendido como nadie. De pronto eran el tándem demoledor, el dúo dinamita, el gordo y el flaco, Lennon y McCartney, Sundance Kid y Butch Cassidy, Hanna y Barbera, Pilo y Hernán, Thelma y Louise, Orfeo y Eurídice, Smith & Wesson ¡todos juntos! Aunque nadie lo decía, puedo apostar que todos los que presenciábamos eso que sucedía pensábamos lo mismo o algo muy parecido: estaba pasando el tren.

Cuando terminó la lectura, todo volvió a la normalidad, el zepelín desapareció, Álex ya no era el titán que había escrito aquello que acaba de leer Felipe, y éste regresó de inmediato a su cuerpo debilitado. Hubo comentarios emotivos, algunos tratamos de hacer chistes, todos fuimos por oleadas a la refri para sacar birras, bandejas de hielo, frascos de aceitunas. Cuando se acabó la gaseosa de Obando decidimos trasladarnos a un bar de La California. Obando pidió más Coca light, lo rodeaban con preguntas que él respondía con gracia y elocuencia. Parecía feliz. Felipe había abordado su nave rumbo a la Estrella de la Muerte. No lo vi más. Yo parecía un policía encubierto, paralizado en la salida del baño.

La noche se fue descomponiendo en sus elementos puros: ansiedad, desproporción e incertidumbre. Ya era tarde cuando Obando me recordó que faltaba la última parte del compromiso, devolverlo a Tibás. A esa altura yo me mantenía despierto por métodos artificiales y le dije que ni cagando —aunque no recuerdo si esas fueron las palabras exactas— pero que le podía dar plata para el taxi. Saqué un billete de diez mil que tenía en la bolsa de la camisa, lo desenrollé y se lo di. Iban a pasar 10 meses antes de volver a verlo.

Técnicamente ya era viernes, pero para los que quedábamos en la calle era todavía la noche del jueves. Como los sobrevivientes del Hindenburg, cada quien volvió a su casa como pudo. El taller no se reunió más en la casa frente a la línea del tren. El año siguió su curso y terminó sin mayores acontecimientos. O eso parecía.

PARTE I PARTE III

EL ZEPELÍN SILENCIOSO ( i. [circa 1999])

“El zepelín silencioso” aparece como capítulo XVI en la novela Salvapantallas, una novela armada con esquirlas de textos varios algunos escritos para la novela, otros escritos, digamos, premonitoriamente. El título es de un poema de Alexánder Obando (1958 -2020) y es él quien galvaniza los tres fragmentos que se publicaron por separado y en diferentes blogs en 2010.

XVI / EL ZEPELÍN SILENCIOSO

por Luis Chaves

i. (circa 1999)

Esta noche concluye así: Álex Obando bajándose de un pickup Fiat Fiorino negro, a pocos minutos de las cuatro de la madrugada, debajo de un aguacero bíblico, en la autopista Braulio Carrillo, lisiado por el alcohol, describiendo una trayectoria elíptica desde el carro hasta el borde del mini guindo donde lo perdemos de vista Carlos Aguilar y yo.

Con un mínimo de honestidad, nadie podría decir que fue un final sorpresivo para aquella velada que había empezado en la casa de Joaquín Rodríguez del Paso, que es pintor aunque su nombre diga que es duque o conde. No recuerdo con certeza el motivo de la fiesta en la casa esquinera de Quincho en Barrio Amón, detrás de la Casa Amarilla. Creo que celebrábamos el lanzamiento de Perro Azul, la editorial de Carlos Aguilar. A eso de las nueve de la noche ya habían llegado los personajes que si la naturaleza fuera sabia, como dicen, vivirían separados por continentes.

Recuerdo que varias paredes eran de ese verde-aceite de lugares como las Cabinas San Isidro en el Puerto. Recuerdo que todos estábamos sentados en sillas de diferentes juegos de comedor, cerca de una hielera en la que flotaban cervezas que cada tanto sacábamos con la delicadeza y cariño de quien saca un corazón para un auto-transplante. Recuerdo que María Montero, la mente brillante de la fiesta, le decía a Álex que él era nuestro Reinaldo Arenas y todos decíamos que sí, que tenía razón. Aunque pensándolo bien, era nuestro Reinaldo Arenas en el cuerpo de Lezama Lima.

Todos hablábamos a gritos, montándonos a codazos sobre frases de los otros, decíamos cosas geniales que se desintegraban antes de tocar piso, nos reíamos o mejor dicho, nos cagábamos de risa y sacábamos los órganos de transplante de la hielera y, sin que nadie los hubiera llamado, afuera de la casa los Datsun de los dealers daban vueltas como tiburones, atraídos por el olor a sangre.

Una cosa llevó a la otra, la noche se hacía más noche y de pronto cada quien fue buscando su rincón o su víctima o las dos cosas. El grupo se fue desgranando, alguien abrió la puerta, estiró el brazo y se montó en uno de los Datsun creyendo que era un taxi y no supimos nada hasta una semana después. Otros terminaron mandándose a la mierda para siempre pero a esos los vimos juntos de nuevo incluso antes de que apareciera el que se equivocó de taxi.

Hay un fade a negro y luego no sé por qué, ni mucho menos cómo, estamos Álex, Carlos Aguilar y yo caminando por los trillos voluntariamente mal iluminados del Centro Comercial El Pueblo, buscando un bar donde seguir la conversación que, en eso estábamos de acuerdo, todavía no habíamos terminado. Creo que entramos primero al bar de un karateka o taekwondista y que luego, cuando cerraron ese, nos pasamos a uno que tenía, en la barra, unos bancos bastante altos. Carlos y yo nos subimos haciendo grada en un pretil debajo de la barra. No tengo idea de cómo lo logró Álex. De lo que sí me acuerdo es de que los dejé solos un toque mientras iba al baño a hacer trampa y cuando volví, primero cegado por el cambio de luz de semiiluminado afuera a oscuro-cueva adentro, vi un bulto gigante en el suelo. Un segundo después, ya acostumbradas las pupilas, vi que se trataba de dos bultos. Álex se había caído del banco, de espalda, en bloque, sin reaccionar. Y Carlos, doblado en el piso, intentaba levantarlo.

Me sumé y de pronto, vistos desde afuera, éramos tres masas oscuras moviéndose torpemente, tratando de incorporarse, de caminar nuevamente en dos patas. Ayudados de pésima gana por el bartender, volvimos a ser homínidos. Sobra decir que nos echaron del bar y que, ya en el parqueo, tuvimos que aceptar que lo único que nos quedaba era irnos para la casa.

Pero eso era más fácil decirlo que hacerlo. Ya dije que era un Fiat Fiorino, un pickup. En esa cabina nos metimos a la fuerza los tres, mientras empezaban a caer las primeras gotas de lo que tuvo que haber sido unos de los peores aguaceros de la década. Yo iba al volante, Carlos literalmente en el freno de mano y Álex en el asiento del copiloto. Cuando arrancamos, llovía ya como por venganza y no podíamos abrir las ventanas. Aquel carro no contaba con la comodidad lujosa del ventilador, ni qué decir aire acondicionado. En dos segundos se empañó el parabrisas o por lo menos así veíamos los tres.

—¿Vos ves algo?

—No, ¿vos?

—Tampoco

—Ok, vamonós.

Ilustración por Ariel Bertarioni

Ilustración por Ariel Bertarioni

Así, en aquel país pre-ley de tránsito, salimos rumbo a Tibás a dejar a Obando que era el que vivía más cerca del Centro Comercial El Pueblo. Ni siquiera sobrio, hoy, que he ido varias veces, entiendo la dirección para llegar a su casa. Esa noche, en aquel hornazo de cabina del pickup, ya con los primeros síntomas de la abstinencia, Álex trató de explicarme. Se había acabado la cerveza, los cigarros, el perico y el buen humor y ya estábamos montados en la ruta 32 cuando me dice mae, es allá abajo, señalando una calle de barrio al otro lado de autopista, en la falda de un mini guindo. Ni que tuvieras tetas, dije al mismo tiempo que Carlos metía el freno de mano.

Entonces, allí va Obando, o lo que queda de él, como un zepelín silencioso en picada, desapareciendo en la lluvia y el barranco mientras Carlos se acomoda en el asiento del copiloto y arrancamos chillando llantas hacia la última birra en el bar Sand.

PARTE II

Marsilio Ficino a Anders Um, su sobrino: saludes

Hay un dicho común, Anders, que dice que nada es más difícil que la paciencia. Pero nosotros pensamos lo opuesto: no es para nada difícil, porque no involucra ningún problema, porque no hay esfuerzo; ¿Cómo puede haber esfuerzo donde no hay necesidad de actividad? ¿Qué necesidad hay de actividad cuando es un asunto de no actuar más que de actuar? La paciencia, así es, te lleva a no actuar sino a sufrir las cosas que sean. Así como es más difícil actuar que sufrir las cosas que son, lo es más difícil actuar bien que sufrir bien. Todas las demás virtudes cuelgan del actuar bien, pero la paciencia consiste en sufrir bien. ¿Qué es sufrir bien más que no añadir al sufrimiento ocasionado por los males? ¿Pero qué queremos decir con esto? Nada más que una voluntad por sufrir lo que tengas que sufrir, aún cuando no lo desees. A menos que sufras voluntariamente ciertamente sufrirás involuntariamente; y a menos que te permitas a ti mismo ser guiado, serás asido y violentamente arrastrado.

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    Ellos hablan falsamente, mi amigo, quienes dicen que los numerosos sufrimientos de la humanidad surgen de sus numerosos males. Sería mucho más acertado decir que la vida es una forma de sufrimiento que aprieta sin descanso a los desgraciados. Las curas que aplicar a enfermedades crónicas no son esas de las que han de tener un efecto temporal sino de las que traigan un beneficio permanente.

    No siempre somos lo suficientemente fuertes para deliberar, pelear y oponer resistencia, pero siempre somos aptos para sufrir bien. Siempre sufrimos, y al sufrir, somos enseñados sobre cómo sufrir. Ciertamente siempre podemos hacer algo cuando el poder de hacerlo yace en la voluntad misma. Apenas tengamos la voluntad de sufrir bien, sufrimos bien, ya que sufrir bien no es nada más que voluntad de sufrir. Si hacemos mal sufriremos ciertamente males y los sufriremos mal. Si sufrimos bien, actuamos bien. Si, perversamente, peleamos, mi amigo, nos fatigaremos y seremos completamente derrotados, si no por la fatiga por nosotros mismos. Si cedemos, como deberíamos, inudablemente triunfaremos. 

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    El aire, siendo totalmente fluido, cede ante los golpes de cuerpos duros e inmediatamente regresa a sí mismo justo como fue antes. Pero los cuerpos duros en colisión directa se quiebran. Lo más suave y flexible soporta inquebrantable y puede atar las cosas más duras; ya que lo más duro no sabe cómo ceder, es obligado a ser tallado, roto y atado. 

    Por lo tanto, mi Anders, supera lo que dicte la fortuna soportándola, y que puedas superar todo lo demás, supérate a ti mismo, así como ya lo has empezado a hacer. Recuerda que en esta región maligna del universo nada escapa del toque del mal, pero que bajo un justo juez, o más bien bajo la justicia como jueza, nada bueno puede ser sin recompensa, ni nada malo puede ir sin debido castigo. Recuerda también, que la paciencia es tan perfectamente buena que sin ella ninguna otra buena obra humana sería perfeccionada; ya que lo que sea que surja de las demás virtudes es perfeccionado por la paciencia. 

Adiós mi más amado hermano, y, así para que otros te sobrelleven, sobrelleva a otros. En efecto, cada vez que veo en alguien esas cosas que me ofenden, intento recordar que yo también soy alguien y por eso poseo algunos atributos que puedan ofender a otros. Por esta razón sobrellevo a muchos cada día, para que muchos puedan sobrellevarme. 

Sobrellévame pacientemente, aún durante la severidad y longitud de esta carta mía.

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Marsilio Ficino (1433-1499)

Traducción al español por Juanjo
Ilustraciones por: Gaby Aruna

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