Marte en Cáncer

por Juanjo Muñoz Knudsen
ilustraciones por Elena Castro

El ver a mi padre envejecer es la experiencia más emocional y retadora que he vivido recientemente. Es difícil determinar el plazo que esto conlleva, naturalmente lo he visto envejecer toda mi vida, pero la forma en que se manifiesta y el peso que ha ido adquiriendo resulta más significativo los últimos 5 años.

Como un extraño acto de gentileza divina, a inicios del 2020 le diagnosticaron cáncer. Digo esto sin ningún tipo de ironía, hoy creo que ese momento que fue tan atemorizante y triste y dio pie a una contienda de muchos meses fue una bendición. El peso psicológico de lo que sería la nube de la pandemia, esa amenaza de muerte en cada esquina que fueron los años 20, 21 y 22, se vio contrapuesto a un proceso bastante pragmático y efectivo, que dichosamente fue exitoso, y que me llevó, luego de años, a compartir casa con mi padre y mi madre. Con el pesar de resultar desconsiderado y egoísta he dicho en el pasado que extraño los años de la pandemia, a pesar de que sé de la muerte de padres y madres de amigos cercanos enmarcadas en el Covid, sin mencionar los brotes de trastornos mentales que colectivamente no hemos terminado de considerar de forma apropiada.

Pero para nosotros, una casa esquinera entre San Miguel y Los Guidos, el 2020 resultó una lucha colectiva encarnada en la distribución de esfuerzos, Ma dándole seguimiento a las recomendaciones médicas, a las dietas y a los cuidados específicos mientras seguía yendo al trabajo. Yo levantándome a las 3 am 4 veces a la semana para llevar a Pa a radioterapia, compartiendo ratos en silencio camino al Hospital México, la carretera completamente despejada, envueltos en una calma que solo puede existir desde la compañía de aquellos que más amamos. Y Pa, soportando la manifestación física de un temor que a él y a todos parece acompañarnos desde que iniciamos a recordar.

Seis meses de tratamiento dieron paso al 2021 y 2022, que se desenvolvieron con la sensación de que nos alejábamos prácticamente ilesos de una tragedia. Esos años seguimos viviendo la doble amenaza del cáncer y el Covid, pero respondíamos tímidamente a ellos con lo único sensato que creíamos tener: esperanza de que las cosas iban a salir bien. Probablemente fue una experiencia aún más difícil para mi hermana que vive en otro país. Tener solo la mente para refugiarse del miedo y el dolor. Nosotros tuvimos la casa de la infancia, el patio y el jardín donde cultivamos cosas materiales e inmateriales, todo esto nos abrazaba mientras afrontábamos la muerte. Fuera la de él o la de alguno del resto de la familia.

Cumplí 30 años en el 2020, lo cual me robó la posibilidad de celebrarlo en compañía de muchas personas. Lo que tuve como celebración fue un viaje a la playa con mi novia de ese momento y un par de sus amigos. Fue una escapada de la realidad pesada y demandante, como siempre fue esa relación, que me permitía un espacio paralelo a las realidades complejas que se vivían en todas partes. Ella y yo juntos fuimos una especie de refugiados temporales, permitiéndonos huír de conflictos personales y contextos sociales angustiantes.

Cuando hablo con personas sobre cumplir los 30 siempre digo que lamento no haberlo podido celebrar más, porque hasta cierto punto siento que no lo viví, tenía otras cosas que navegar como para ponerme a reflexionar sobre ese momento y lo que pueden significar ese tipo de transiciones. Es un problema tan menor, cuando lo veo así se siente como la experiencia más triste de todas, el darse cuenta que la preocupación nos distrae muchas veces de lo bien que están las cosas. Todas las incomodidades, cuando las contraponemos a las experiencias que serán tristes el resto de la vida, resultan la mayor trampa de ser humanos. Ahora pienso que todos los que decimos que la pandemia nos robó años importantes le estamos haciendo un flaco favor a esas personas que se enfrentan al final de su vida. No puedo imaginar lo que tantas personas pensaron durante esas noches dolorosas en que se reflexiona con angustia la incapacidad de detener el tiempo, de revisitar momentos que solo existirán en nuestra memoria, de disfrutar más, de preocuparse menos, de agradecer de forma directa a quienes llenan nuestros días. Me pregunto, qué momentos se le escapan a mi padre de sus manos cuando intenta rehabitar mi infancia o la suya propia?

Especulo a solas, a pesar de tener todavía tiempo para preguntarle qué es lo que más extraña del pasado. Es un gesto torpe e infantil de querer esconder de nuestra conversación y cotidianidad su envejecimiento. Como si disimulando pudiéramos prolongar algún idilio, uno que realmente nunca existió. O quizás lo único que estamos haciendo es ocultándonos del único idilio que puede existir, conectar con aquellos que más amamos, saber cosas sinceras sobre sus experiencias.

Hago un salto temporal al 2024, cuando ya no recordábamos casi nada de esos meses oncológicos y pandémicos y despilfarrábamos más tiempo del que nos gustaría reconocer en preocupaciones menores y conflictos superfluos. Mi abuela materna muere, así la muerte sigue estando y siendo reconocida. Es un momento tenso que nos une con tíos y tías y conocidos y conocidas en un gran gesto de comunidad que curiosamente me fortalece. Pero para Ma es más difícil construír, reconstruir desde la aceptación, algo en ella ha cambiado, sabe algo que yo no sé. Para Pa también debe ser difícil, seguir escuchando que la gente muere, que la gente envejece y muere. No sé bien qué pensará al respecto, desde siempre ha sido un tema tabú en mi casa, visto como el mayor miedo de todos. Eso a mí me ha moldeado, no tanto el miedo a la muerte, sino el miedo en sí. A partir de mi crianza en esa casa llena de tanto amor, donde los muchos desafíos se solucionaron de formas muchas veces milagrosas, he perdido la noción sobre lo que es. Había tanto miedo en todas partes, en las palabras, en los alrededores, en las cuentas de los bancos, en las llamadas, que mi distancia con esos años de cohabitación diaria me hacen no entenderlo bien. El otro día le decía a mis amigues que yo al miedo le corté la cabeza hace años y el problema es que no se marchó, se quedó como una sombra a la que no le puedo poner rostro. Cuando pienso en el miedo veo a Ma, que todos los días se despierta con el hombre que sabe que algún día perderá, que tiene que llevar los momentos difíciles de la convivencia, cuando la paciencia anda corta y tiene que seguir acumulando culpas por comentarios agresivos e hirientes, dirigidos a aquel que más ha querido.

Hasta cierto punto mi crianza, la que proviene de mis padres y también de todas las personas e ideas con las que he topado, me han permitido no perder de vista la gran dicha que sentir todo esto por las demás personas refleja. Soy alguien dichoso y agradecido, e intento hacer con mi vida algo que honre eso, no obstante ser esa persona también incluye el dolor y la tristeza que se manifiesta a mi alrededor. Un dolor y una tristeza válidos, legítimos y dignos de reconocimiento.

Sé que el envejecimiento de mi padre no es una sentencia de muerte inmediata, ni mucho menos. Sé que él tiene todavía muchas cosas que vivir y aprender. Aún así, el crecer, el ver el hogar de infancia cambiar, el sentir esos cuerpos de los que uno proviene menos llenos, más lentos y a veces irritables es una experiencia trascendente, un vértice que se abre de cara al aspecto más relevante de ser humano: ¿qué significan estas experiencias?

Así que a esa pregunta es a la que me ofrezco desde hace 5 años o quizás desde hace mucho más. Para esto tengo herramientas providenciales: mi padre y mi madre que siempre me han hecho sentir amado, mi hermana que es una versión de mí que jamás dudaría en recomendar, tantas amigas y amigos que el verles crecer y envejecer es de las experiencias más lindas que he vivido y sigo viviendo. También un universo interno que me acompaña y guía, que me motiva a llorar, que me motiva a hacer saludos al sol cada día, que reconoce en tantas cosas la energía de mi padre, de mi madre y la mía propia.

No he llegado a ninguna conclusión, a veces me pesa el no tener algo más acertado que brindarle a mi padre para esos momentos en los que el dolor y la tristeza se alargan y constriñen. Me dejo estar ahí con él un ratito más, luego vuelvo, tanteando reconozco un centro.

Algo me detiene y me impide terminar el texto. Tal vez es un gesto por sostener este idilio de tener a mi padre al alcance de una llamada, me sigo aferrando a él como un niño, pero también sé que su esencia habita en tantos de mis gestos.

Gestos llenos que acumulo y que le ofrezco a todo aquel que precise sentir la voluntad de ser vulnerable y afrontar los desafíos que tanto bendicen la vida. Le ofrezco esto a todo aquello que habita esa delgada línea entre yo mismo y los demás.